Creación de valor sin valor: Preguntas interdisciplinarias

Los científicos naturales estamos acostumbrados a la tozudez de las mediciones o cálculos que tenemos que creer por evidentes. Un simple fotón, la porción de luz más elemental, no tiene otra alternativa que demorar ocho minutos y 20 segundos en salir del sol y llegar a la tierra, dada la comprobada velocidad de su movimiento y la también bien conocida distancia entre el astro rey y nuestro planeta. Sin embargo, cuando nos aproximamos a muchos aspectos de nuestra vida diaria solemos reflexionar, muchas veces sin el consuelo de llegar a comprender.

Luis A. Montero Cabrera

En cuestión de valores y precios, en el terreno económico como ejemplo, los hechos son diferentes. En un mismo avión comercial de pasajeros, en la misma sección que se denomina “clase económica” puede haber personas que hayan pagado dos o tres veces más que otros por exactamente el mismo servicio. En nuestras tiendas usted puede tener que pagar más de un día de su trabajo como maestro por solo 460 g. de queso fundido, sin etiqueta de origen, ni especificaciones, ni fecha de caducidad, y servido a granel, con las mismas manos que el dependiente le cobra y da el vuelto. En una misma panadería puede pagar por 80 gr. de pan veinte veces más, o menos, si responde o no a una cuota de abastecimiento. Puede usted incluso llegar a pensar que el transporte público cubano debe tener ganancias astronómicas al ver las guaguas repletas y también llegar a la conclusión lógica de que un servicio tan demandado tiene garantizados sus ingresos y que eso provocará inversiones y que en breve el servicio se saturará por lo lucrativo que resulta para el dueño de la guagua, que en nuestro caso es el muy merecedor pueblo de Cuba. Todos sabemos que esa lógica no funciona así en nuestro entorno económico.

Los científicos naturales cubanos hemos sido educados con un importante contenido de ciencias sociales en los currículos de estudio. Ahí hemos aprendido que unos adelantados del pensamiento en los siglos XVII al XIX, entre los que se encontraba un judío alemán, nacido en Tréveris un 5 de mayo, basaron toda su teoría económica científica sobre un hecho indudable, muy elegante además: la única fuente de valor es el trabajo. La primera conclusión a la que puede llegarse ante las contradicciones anteriores es que los precios nada tienen que ver con el trabajo realizado, por carácter transitivo. Ahí comienzan a aparecer otras contradicciones de nuestro entorno económico actual: un parqueador, cuya muy honorable y socialmente necesaria responsabilidad es velar por la seguridad de los carros a su cuidado, gana varias veces más que un médico o que un ministro, a pesar de la importante carga de responsabilidad que ellos tienen ante todo un pueblo. Un periodista cubano en un órgano de prensa al servicio de los intereses de todos gana muchas veces menos que otro periodista que hace el mismo trabajo pero para una empresa extranjera. Es fácil imaginar que esto del valor y el trabajo se hace aún más difícil de comprender por un pobre científico natural. Con nuestro trabajo estamos creando valor sin valor.

Una conclusión obvia es que el dinero que recibimos por vender nuestro trabajo tiene solo un valor relativo a cuál es el trabajo que realizamos y quien nos lo compra. Las preguntas que podemos hacer desde las ciencias naturales a las económicas son ¿cómo se decide ese valor relativo para cada caso en una sociedad como la nuestra? ¿Es el ciego mercado? ¿Es alguien en una oficina? ¿Es un comité de expertos cuidadosamente seleccionado entre los más sabios y experimentados de un país? Si tenemos o deseamos tener una organización económica organizada y eficiente, estas preguntas deberían tener una clara y transparente respuesta. Todas las contradicciones anteriores deberían tener una explicación pública, estemos o no de acuerdo con ellas, porque existen.

Abundando en contradicciones para un científico natural con respecto a la economía, podemos ver que el valor de lo que un país produce se mide por algo que se llama el “producto interno bruto”. Según la Wikipedia, y de forma muy general, se trata de una magnitud macroeconómica que expresa el valor monetario de la producción de bienes y servicios de demanda final de un país (o una región) durante un período determinado de tiempo. En la producción de bienes se suele diferenciar el llamado sector primario, o agrícola, y el secundario, o industrial. Volviendo a los principios, un país que trabaje mucho en producir agricultura, productos industriales y servicios debería ser muy rico, y los que trabajen poco muy pobres. Sin embargo, un manual por el que muchos accedimos por vez primera a intentar entender estas cosas nos decía “Para vivir, los hombres necesitan alimentos, vestido, calzado, vivienda y otros bienes materiales. Y para poseer estos bienes, tienen que producirlos, tienen que trabajar. Cualquier sociedad está condenada a desaparecer si deja de producir bienes materiales.” Llama la atención que estos hechos ciertos omiten a los servicios. No se mencionan como componentes de la riqueza de un país. También es bueno observar que el país que aplicó a rajatabla este principio económico que citamos, sin los servicios, desapareció. Sin embargo, entre los países más ricos del mundo están los Estados Unidos de América, cuyo producto interno bruto tiene un 79.6 % de servicios, Francia con el 79.4 % y Gran Bretaña con 77.8 %. Ocupan los lugares primero, sexto y quinto, respectivamente en el mundo, según las Naciones Unidas en cuanto a producto interno bruto por habitante. Irónicamente, los servicios componen el 75.2 % de nuestro producto interno bruto. En eso jugamos con las mismas cifras de los países más ricos. Pero sin embargo ocupamos el lugar 65 en cuanto a producto interno bruto por habitante.

Aquí aparecen varias preguntas interdisciplinarias más desde las ciencias naturales a las económicas: ¿por qué nuestros servicios, que pueden ser los productos del trabajo de nuestros médicos, o nuestros transportistas, o nuestros maestros, o nuestros científicos, o nuestros trabajadores del comercio, o los de las comunicaciones, o los de la administración pública, o los diseñadores, o los artistas, valen menos que los mismos de los países ricos? ¿Por qué un mismo servicio, digamos el del periodista, puede ser evaluado de forma tan dispar?

¿No será que lo principal que necesita nuestra economía socialista es reformar radicalmente sus concepciones, identificando y preservando los verdaderos principios de justicia social y desechando dogmas? ¿No será que el socialismo cubano puede tener la oportunidad de innovar, hacer algo verdaderamente próspero, sostenible y justo si cambiamos todo lo que debe ser cambiado, y enderezamos las deformaciones de muchas concepciones económicas vigentes?

tomado de Cuba debate

 

Publicado el octubre 14, 2016 en Actualidad, Ciencia, Comunicaciones, conocimiento, Cuba, Curiosidades, seres humanos, Sociedad, Tecnología. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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